El frutero

No había una sola nube en el cielo, el sol quemaba en el pequeño patio de Vanesa mientras ella se fumaba un ciga4rrillo, sentada en su sauna, con un traje de baño de dos piezas, usando su celular color rosado pálido, como el esmalte de sus pies, como el de sus manos.

Vanesa estaba haciendo hora antes de irse a un brunch con sus amigas. Iba por el tercer cigarrillo cuando escucho movimiento en las arboles de sus vecinos. Dio una mirada rápida, pero al instante volvió a bajar la cabeza hacia su celular rosado entonces, volvió a escuchar las hojas moverse y al instante el sonido de goma de unas chancletas en el piso y cuando volvió a levantar la mirada se encontró a un negro tan oscuro como el café, que días después recordaría como el mas feo que había visto en su vida, vestido solo con unos pantalones cortos, sin camisa, con una cara que a Vanesa le pareció en ese momento estúpida, mirando hacia todos lados, con la bemba abierta al observar el ostentoso patio. Vanesa se puso de pie al instante dejando caer el celular en el agua. 

— Doña  — oyó decir al haitiano — compleme un fruta polfavol. 

— No, no, yo no quiero ninguna fruta, ¡ahora salte de mi patio! – dijo con todos los músculos de su cuerpo comprimidos.

— Ay doña, ye ne tengo dinero, compleme un fruta – repitió  el negro acercándose ahora a Vanesa.

Vanesa salió del sauna, corrió hasta la casa y se encerró, el negro que le había seguido se estrelló contra la puerta de hierro. 

— ¡Negro del diablo váyase de mi casa o voy a llamar a la policia!

— Doña comple un fluta pol favol que tengo hambre, comple un fluta, comple un fluta — comenzó a repetir el haitiano mientras daba golpes a la puerta. 

Vanesa estaba recostada contra la puerta, no se quería mover del lugar, tenia miedo de que el negro se metiera a la casa y la matara. En medio de sus exaltados respiros pensaba en ellos, en esos azarosos, la mierda de la humanidad, “ojala los quemen a todos” se decía. De repente, dejo de oír los golpes en la puerta, aunque lo seguía escuchando repetir que le comprar una fruta. Escuchó el sonido de las chancletas alejarse, y luego al haitiano entrar a su sauna. El negro repetía:

— Ta buena la piscina, comple un fruta doña, comple un fruta.

Con los pulmones queriéndoseles salir del pecho, se fue corriendo a la cocina, y llamó a la policía.

—¿Hola? ¡Ayúdenme un negro se metió a mi casa! ¡Está desnudo, me quiere matar!

Vanesa escuchaba los chapoteos de agua sucia del aroma del negro que luego tendría que botar, y limpiar el sauna, el patio, cepillar la puerta; pensaba en la fronteras y lo inútiles que eran. Comenzó a llorar, sus manos acariciaban su pelo. Con un pañuelo de la cocina se seco las lagrimas y entre sus quejidos se colaron las sirenas de la patrulla. Abrió la puerta por la que entraron dos rinocerontes mulatos, los guió hasta la puerta de metal. El negro seguía dentro del sauna repitiendo que le compraran frutas y que la piscina estaba buena. Al haitiano ver los dos rinocerontes se paralizo como un ciervo frente a un león y luego, salió corriendo de la piscina hacia el muro por donde vino, pero antes de poder escapar uno de los hombres sacó una pistola, y le disparó en el pie.

— ¡Ay me duele me duele, mi pie, mi pie! — Lloraba y gemía el haitiano rompiendo el silencio del vecindario mientas se agarraba su pie lleno se sangre. Parecía un niño pequeño. 

Los mulatos lo agarraron de las manos, y arrastrándolo hasta la camioneta lo tiraron dentro del baúl como un saco de arroz, se despidieron de Vanesa, se montaron en el vehículo y se fueron. 

Vanesa ya no tenia su pecho apretado, se sentía libre, como si pudiera saltar hasta la estratosfera. Entró a la casa y volvió al patio. Era un desastre. Con la manguera de alta presión limpio las manchas que quedaron en el suelo. Sacó su celular del agua y se fue a dar un baño caliente y a arreglarse para su brunch. 

Mientras se duchaba pensaba en los negros, en los haitianos, en que había que limpiar a esa raza de monos, con sus bembas grandes, sus narices de gorila, que esa gente debía volver a ser esclava, ella misma tendría una de esas negras trabajando en su casa, pero le prohibiría hablar su idioma y no podría mirarla a los ojos, feos los negros esos pensaba. Salió del baño y se seco con su toalla, se puso un vestido rojo y se posó frente el  espejo para ponerse sus pendientes color rosados; al verlos pensó en su celular rosa, tendría que comprar otro, miro el rosa del esmaltes de sus pies y sus manos, suspiro de alivio y finalmente vio su imagen reflejada en el espejo, en él se veía reflejada una mujer negra, con los lóbulos caídos, cabello crespo corto, y unos labios carnosos grandes, luego apago la luz del baño y se fue. 

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