Papi y yo

Hace unos días murió mi papá en su cama luego de una larga batalla contra el cáncer. Hoy en la mañana recibí una caja de cartón que me había dejado para ser abierta después de su muerte, con una nota que dice “Mi verdadero yo”. No sé porqué entre todos sus hijos me eligió a mi, pero se me salieron las lagrimas al ver la caja.

Mientras manejaba hacia mi casa en medio del horrendo tráfico que tiene mi país, solo pensaba en la caja. Tenía varias ideas de lo que podía hallarse dentro, yo conocía a papi bien, mejor que los otros. Quizás dentro se hallaban los discos que recordaba haber escuchado con él los domingos durante mi niñez, bajo la luz anaranjada de las tardes, esas voces roncas de Charly y Sabina.

También entre los discos podrían estar las llaves de su viejo cepillo gris, que había mantenido consigo hasta el final con tanto amor. Nosotros solíamos meternos dentro de él como sardinas, chocando los codos y riéndonos de todo, hasta que papi nos gritaba que nos estuviéramos quietos.

Tal vez se encontrarían sus álbumes de fotos ya destrozados y su Olympus con el lente roto. Papi era fotógrafo, llegó a trabajar en la escuela, era muy cariñoso con todos mis amigos, algunas veces hasta llegue a pensar que en exceso. Hasta que se pudo mantener en pie llevó acabo su trabajo. Lo puedo recordar aun en los pasillos, sonreírle y abrazarlo cuando se encontraba haciendo su trabajo, escuchaba las burlas de algunos de mis compañeros, pero me daba igual. Amaba saludar a mi viejo, con sus rizos hasta el cuello, y su bigote ochentero.

Papi me acompañó en todos los momentos importantes de mi vida, la primera vez que fui a la escuela, iba siempre a los eventos militares del colegio donde le marchábamos a la patria, él era el único que derramaba lágrimas de los papás que estaban presentes. Me llevó a comprar mi primer traje, y fue mi padrino de graduación. Papi gastó todos sus ahorros para poder pagar mi universidad. En las noches llegaba malhumorado, ni siquiera nos saludaba, pero siempre me partía el alma verlo llegar tan tarde, gordinflón con la espalda rota de tanto trabajar, e irse a la cama a trompicones.

Leía mucho, quizás dentro de la caja también se encuentren sus libros favoritos, los de Borges, alguna edición con imágenes del Quijote, los cuentos de Cortázar que me hacia que yo le leyera cuando estaba en la cama en sus últimas, aunque yo no los entendía. Era el hombre más inteligente que conocía, me respondía siempre todas mis preguntas y me ayudó a resolver las encrucijadas mas grandes después de adulto.

Cuando me entere del cáncer se me hizo un nudo en el pecho hasta el día de su muerte. Mi esposa, Valeria, me ayudaba, ella sabía lo que significaba papi para mi, para ella también había sido un buen suegro.

Lo recuerdo en su cama, ya sin pelo, sonriéndome, agarrándome por el brazo y sacudiéndomelo con el ultimo hilo de voz diciéndome: “De mi no te preocupes, yo estaré bien, cuídate tu y procura ser lo que yo nunca logré”. Lloré como un bebe. Me tiré al borde de su cama mojando las sábanas mientras él me pasaba la mano entre mis rizos.

Llegue a la casa, parquee el carro, abrí el baúl y saque la caja de cartón. Valeria no estaba en la casa, y fue mejor, prefería estar solo para disfrutar su contenido. La caja parecía que había sido sellada hace poco porque estaba en perfecto estado. La puse en encima de la mesa y con una navaja corte los amarres. Los ojos quisieron salirse de mis órbitas al ver, el montón de fotos desnudas de todos mis amigos de la infancia.

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